De hecho, todo el tiempo había estado viajando con él, en el mismo vagón o en el de al lado.
Parque Patricios – San Martín / San Martín - Parque Patricios. Por una extraña ocupación, que no viene al caso mencionar, debía realizar ese viaje frecuentemente.
En verdad, tardaba más en viajar que en hacer lo que tenía que hacer.
Aproximadamente serían como una hora y media de viaje. Me colaba en el tren y hacía la estrambótica combinación D-E-H del subte. Aprovechando un descuido de la seguridad en la estación, con un brinco ganador estaba a un solo paso de mi felicidad: no pagar. Pero no porque no tuviera dinero, sino porque me obsesionaba la idea de hacer volar la ventilla de venta, un día... ¡Oh, casualidad, que esté presente el dueño! o en su defecto algún gerente... ¡Oh, belleza de la violencia y de la justicia!
Mi nombre es Juan José Soldán y usted no puede ayudarme. Casi todos me dicen “jota-jota”. Al principio no me gustaba, pero me acostumbré, luego fui autorizando a algunos de mis íntimos amigos a llamarme así. Usted sabe, la gente toma confianza enseguida.
Bueno en verdad, no me conoce casi nadie, los que me tratan me detestan enseguida, y yo detesto que me llamen jota-jota.
Durante el viaje, observo detenidamente a las mujeres y jamás reparo en otra cosa. Les estudio su vida a través de los rasgos, de su expresión y el cabello sobre todo. Invento posibles historias, con finales trágicos y traiciones que resultan felices para los traidores. Deseo que una de ellas me mire fijamente a los ojos, me invite un café, luego me pida ir a un hotel. Pero eso no pasa casi nunca.
En verdad, jamás sucedió.
No puedo mantener la mirada en ninguna persona, mucho menos si es una mujer. Si vuelven su vista y descubren que los estaba observando, me pongo colorado como si estuviera mascando ají putaparió y tengo que bajarme o cambiar de vagón.
En fin, a las semanas de transcurrir esta rutina Parque Patricios – San Martín / San Martín - Parque Patricios, me detuve casi estupidamente, en la figura de un tipo que ya me era familiar. Sobretodo beige, pelo blanco y ojos oscuros. De hecho, todo el tiempo había estado viajando con él, en el mismo vagón o en el de al lado. A veces lo cruzaba en una escalera o en algún pasillo. En un primer momento supuse que no tendría nada de extraño, pues yo viajaba siempre los mismos días y en los mismos horarios.
Uno de esos días, el tipo estaba sentado en un asiento enfrentado a mí pero en diagonal, como a unos 70 grados. Me concentré en él, y lo observé con ojos de mosca, como dice un amigo. Ojos de mosca es mirar sin mirar, es quedarse inmóvil y fijar la vista en el horizonte o en un punto de la nada, y registrar todo, como si uno en la cabeza tuviera un balcón circular de vista panorámica. Aparentar y mentalizar, eso es.
Sin dudas, él hacía lo mismo. Las estaciones pasaban y el duelo era evidente. Una mujer fatal pasó por delante nuestro, pero no logró dispersar nuestra concentración. El tipo me desafiaba con su no-mirada. Me dió ganas de levantarme, molerlo a palos y luego preguntarle de dónde nos conocíamos.
Comenzó a parpadear demasiado, miró su reloj y buscó el cartel de las estaciones. Al fin lo adiviné. Los que viajamos con cierta frecuencia en subte sabemos exactamente qué hora es, dónde y cuándo hay que bajar, viajamos en piloto automático.
Sobreactuó. Entonces comprendí que el tipo en verdad, me estaba siguiendo.
Mis piernas se paralizaron. Bajé en una estación cualquiera. No tengo registro de cómo salí de allí. Caminé por barrios desconocidos varias horas hasta que encontré un colectivo que me lleve a casa. No pude dormir. Por una semana no salí de mi habitación. Hasta que me llamaron de allá, de San Martín, a que me presente.
Acorralado por la situación, recurrí a mi cuñado. Él también me detesta, pero me debe un favor. En verdad, ya me lo cobró. Claudio trabajó mucho tiempo en asuntos de seguridad privada. Es más, creo que antes de conocer a mi hermana, fué policía y lo echaron. El asunto es que un día lo encontré caminando con una mujer y dos criaturas. Yo me enfurecí, lo increpé y él terminó confesándome su doble vida. Casi lo mato.
Pero, bueno, en verdad, me amenazó y me tuve que callar.
Decidí caer en la bajeza de extorsionarlo, le dije que iba a contarle todo a mi hermana si no me hacía un favor. No tuvo otra alternativa que acceder y al día siguiente viajó conmigo. Obviamente simulamos no conocernos. Quedamos en que él me acompañaba, fichaba al tipo y lo seguía.
Nuestra presa cayó en la trampa. Llegamos a un andén, mi cuñado venía detrás de mí, y ahí estaba, inconfundible, el tipo. Claudio se paró bastante cerca de él, como para darme la señal de que ya lo tenía. Ahora sólo era cuestión de ver qué hacía, a dónde iba y para qué. Sonreí estúpidamente y volví a los deberes de mi rutina Parque Patricios – San Martín / San Martín - Parque Patricios.
Pasó una semana sin novedades, y una ves más volví a cruzarme con el tipo. Me puse un poco nervioso. Esa misma tarde lo llamé a Claudio:
_ ¿Claudio?
_...Sí
_ Qué hacés... soy yo, jota jota
_ (silencio)
_ ¿y?¿qué averiguaste?
_ Te espero a las siete en la estación x del subte
Cortó. Faltaban veinte minutos y no tenía cambio. Salí corriendo.
_ Te dije a las siete
_ Si lo que pasa es....
_ Escuchame, esta gente es muy pesada. No sé en que te metiste. Hacete el boludo y mirá para la derecha. ¿Viste el tipo de bigotes?
_ Sí...
_ Me está siguiendo.
_ ¿Cómo?
_ Mirá jotita yo tengo familia y a tu hermana la quiero mucho. Hasta acá llegamos. No vengas a casa. No te preocupes por mí, tengo mis contactos.
_ ¿Qué? Esperá ¿y yo qué hago?
_ Tomá esta tarjeta. Esta es la única persona que te puede ayudar.
No volví a mí casa. Enseguida se hizo de noche. Entré a un bar a tomar un café o algo fuerte, pero me fuí porque sospeché de un tipo que leía un diario. Corrí hasta no poder más. No sabía dónde estaba. Pasé la noche en un albergue transitorio, solo.
Al otro día temprano tomé un taxi hasta la dirección que figuraba en la tarjeta. Llegué; décimo piso, al fondo del pasillo, oficina 127.
_ Buenas tardes
_ Buenos días serán
_ Ah sí, sí claro, yo vengo de parte de...
_ Si, sí, ya me dijo Omar
_ ¿Omar?
_ ¿Usted no es un tal jota jota?
_ Si, vengo de parte mi cuñado Claudio
_ Si, si, claro, pase, tranquilo, por aquí, cuénteme
_ Mi nombre es Juan José Soldán y usted no puede ayudarme
_ Si, si, claro, a ver, y porqué dice eso
_ No entiendo qué pasa
_ Cálmese hombre
_ Bueno, no sé por dónde empezar
_ Tranquilo hombre, no llore, cuénteme
_ Hágame un favor, ¿usted tiene auto?
_ Si, si, tengo auto
_ Lléveme a una estación de subte
_ ¿Seguro? Bueno, le pido por favor que se calme, yo estoy para ayudarlo
_ No, usted no puede ayudarme
_ No hace falta el auto, estamos cerca.
_ Vamos por favor
Es la hora pico de la mañana en el andén de un subte.
_ Por favor, observe bien.
¿Ve esas personas inmóviles?
Observe bien, con ojos de mosca.
Observe el hormiguero de gente,
¿usted cree que no piensan en nada?
Se equivoca.
En verdad, sufren una paranoia esquizofrénica...
y están al borde del suicidio.
Juan José Soldán se quitó el sobretodo beige y se arrojó a las vías.

Che, está bueno loco. Qué paranoia la de todos eh! Me gustó eso de la no-mirada.
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